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Tres horas de Blackjack con 30 euros Volver
EL COMERCIO probo fortuna en la ruleta y el black-jack Un público joven animó la primera jornada completa del casino con ciertos nervios y apuestas reducidas.

Nada tiene que ver con el de la película de Martin Scorsese, aunque la emoción es la misma. Un buen número de gijoneses se acercó? ayer al casino, tras la resaca de la jornada inaugural, para probar suerte sobre el tapete. Ver no se vieron tahúres, pero sí ilusión y nervios, muchos nervios. Quien más y quien menos se llevó unos cuantos euros para probar suerte en la flamante sala de juegos. También EL COMERCIO, que se decanto por la ruleta americana y el blackjack.

La mesa más asequible -la de la ruleta americana- fue la más visitada. El ambiente invitaba a jugar y en cuanto se juntaban más de dos almas, las sillas comenzaban a llenarse en torno a la ruleta, mientras la crupier decía: No va más, señores. A los menos avezados en estas cosas del juego -de esos que echan una primitiva dos veces al año- les tocó estudiar antes de sentarse en los taburetes. Los más aplicados leían y releían los folletos editados a tal efecto y, los demás, simplemente miraban. La practica hacía el resto. Dos billetes de cinco euros dan para diez fichas que, casi por inercia, acaban cayendo en el rojo o el negro, el par o el impar. Una apuesta muy conservadora que sólo multiplica lo jugado por dos, en caso de acierto.

Fumadores pasivos

Como en las timbas de cartas, el humo fluye por doquier. Fumar está permitido. Entre cigarro y cigarro, propio o del compañero de juego -por eso de los fumadores pasivos- se empieza a calentar el juego. La cosa sigue conservadora, pero va animándose. Las fichas se dejan caer por las docenas (dos a uno), por las seisenas (cinco a uno) y por las calles (once a uno). Cuando los bloques de fichas empiezan a crecer con ambición de rascacielos, el respetable se permite la licencia de apostar a un número. Pero sólo una fichita, por si acaso.

Jugamos diez euros y perdemos ocho. Pedimos crédito de otros diez. En poco tiempo, con apuestas modestas, ese dinero casi se multiplica por diez. Y como el jugador es novato, pero no insensato, se planta y pide cambio. Cuatro fichas de 25 euros cada una que le serán reembolsadas en caja.

Billetes de 50 euros

Lo del blackjack está mucho más difícil, por algo lo llamarán negro. El objetivo es conseguir sumar 21 en cada manga o, por lo menos, aproximarse lo máximo posible, sin pasarse. La apuesta sube considerablemente -el mínimo es de cinco euros- y los billetes de cincuenta euros se posan sobre la mesa como si fuesen los propios naipes. El mecanismo en s? del juego no es demasiado complicado: lo difícil es ganar. Y la banca tiene mucha suerte.

En la mesa, una chica que no debe superar los 25 años tiene las manos llenas de fichas y no parece haberlas ganado -por lo menos, ahora no está teniendo demasiada suerte-. En la sala principal del casino hay muchos chicos jóvenes, incluso pandillas de veinteañeros, atraídos por la novedad y por las apuestas a un euro. No parece que quieran convertirse en los nuevos Pelayos, la familia que hizo saltar la banca en casinos de todo el mundo. La curiosidad les mueve.

Como en el día de la inauguración, también acuden muchas mujeres mayores, que lucen sus mejores galas para conocer las instalaciones, aunque acaban animándose a echar una partidita. Y, de nuevo, los ciudadanos de origen oriental cumplen con el tópico de que son grandes jugadores. A ellos les van las cartas, el póquer y el black jack, nada de 'ruletitas'.

Ruleta sin fortuna

La que no tiene demasiado éxito es la ruleta de la fortuna, que se pasa la tarde en blanco, sin clientes. La gente sigue 'enganchada' a la ruleta americana y a las cartas y encantada con los pastelitos que las camareras ofrecen de cuando en cuando. Los más clásicos, toman la sala de las máquinas tragaperras, en la planta baja. No saber jugar es casi imposible. Y encandilan desde cinco céntimos.

Han pasado tres horas. Tras meditar la idea varios minutos, la verdad es que cuesta abandonar la mesa. Para apurar, se incrementan las apuestas. Los montones de fichas son cada vez más grandes. Después de echar un par de manos -o algo más- pedimos cambio. Nos marchamos. Eso, después de pasarse la tarde pegando saltos en la silla y a punto de coger una tortícolis para ver en la ruleta -que no en la pantalla, no 'presta' igual- en dónde cayó la bola. ?Que sea rojo e impar y de la tercera docena!
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